Me llamo Eneko Echaide Pina y nací en Navarra en 1978, en una tierra que respira carácter, raíces y una forma muy particular de entender la vida. “Navarrico de pura cepa”, así me defino, crecí rodeado de una familia que siempre me ha acompañado con cariño, estabilidad y una calidez que, con los años, se ha convertido en uno de mis pilares más importantes de mi manera de ser y de escribir.

Mi vida familiar ha estado llena de buenos recuerdos, conversaciones alrededor de una mesa y pequeños gestos que no necesitaban palabras para sentirlos. Me enseñaron desde pequeño que el amor y el hogar pueden ser puerto seguro, con ese clima emocional —honesto, cercano, sencillo y auténtico— está profundamente impreso en mis historias, donde la familia aparece siempre como un refugio, un abrazo o una luz en mitad de la confusión.

La escritura me llegó cuando tenía once años, de la mano de una vieja Olivetti que, en un gesto travieso, “robé” a mi hermano mayor; aquel objeto, con un tacto frío y su sonido metálico y los dedos llenos de tinta, se transformó en mi mejor compañero, comencé a escribir sin más pretensión que la de dar salida a todo lo que llevaba dentro: ideas, emociones, preguntas y ese universo interior tan vivo que me acompañaba incluso cuando no sabía ponerle nombre.

Con el tiempo, escribir dejó de ser un pasatiempo infantil para convertirse en un lenguaje íntimo, una forma de ordenar mi mundo y también de entenderme a mí mismo. A lo largo de mis años, nunca dejé de hacerlo, he escrito en silencio, sin prisa, sin público, como quien cuida un jardín privado que todavía no está listo para ser mostrado.

Y entonces sucedió algo inesperado: nació un título, una frase, un destello, un nombre que, sin querer buscarlo, apareció ante mí y encendió una historia completa, fue al ver escrito en una pared de hormigón ese título —El chico de la fila de atrás— cuando sentí la certeza visceral de que ahí había un libro, no una idea pasajera, sino un relato que pedía ser contado.

Ese fue el primer latido de la novela, lo que vino después fue un camino de dos años: escribir, borrar, avanzar, volver atrás, emocionarse, dudar, reconstruir y seguir adelante, ha sido un proceso lento, honesto, lleno de horas dedicadas y de momentos en los que la historia me acompañaba incluso cuando no estaba frente al teclado. Para mí, este libro no es solo un proyecto literario: sino una etapa vital, una conquista personal y una forma de honrar todas las historias que he llevado dentro durante décadas.

Publicarlo es mucho más que un sueño cumplido, es abrir una puerta que siempre había estado entreabierta, es dar un paso que, durante años, parecía demasiado grande, ha sido una mezcla de vértigo, orgullo y ternura hacia ese niño de once años que empezó golpeando teclas sin saber que, muchos años después, esas palabras encontrarían lectores.

Y lo mejor es que este libro no será el último, me guardo más historias “en la despensa”, esperando su turno, creciendo en silencio, preparándose para ver la luz, porque, cuando uno escribe desde tan adentro, desde tan lejos y desde tan temprano, las historias nunca dejan de llegar.

Hoy, a mis 47 años, sigo conservando mi Olivetti blanca como un símbolo de quién he sido y de quién seguiré siendo.

Escribo porque lo necesito, porque me emociona, porque me acerca a los demás y porque me recuerda que la literatura puede ser hogar, compañía y verdad.

Y ahora, al compartir mi obra, invito a los lectores a entrar en mi mundo íntimo, humano y profundamente sincero donde cada palabra es un puente y cada historia una forma de abrazar la vida.

Utilizamos cookies próprios e de terceiros para lhe oferecer uma melhor experiência e serviço.
Para saber que cookies usamos e como os desativar, leia a política de cookies. Ao ignorar ou fechar esta mensagem, e exceto se tiver desativado as cookies, está a concordar com o seu uso neste dispositivo.