Nació en Palermo, oficialmente el 1 de enero de 1965, pero en realidad nació el año anterior, exactamente el 31 de diciembre de 1964. Fue inscrito en el registro civil con el nombre de Isidoro, pero desde su nacimiento, familiares y amigos lo llaman Sergio. Pasó su infancia en las callejuelas del antiguo Palermo, donde a través de las enseñanzas de gente pobre y humilde, aprendió la maravillosa arte de la vida. De los cuentos de los mayores aprende historias antiguas, que nunca leeremos en los libros escolares. Por voluntad de su padre, asiste a la escuela obligatoria hasta graduarse, lo que le abrió las puertas al mundo del empleo precario permanente. Por voluntad de su madre, asiste a la iglesia hasta su primera comunión. Después de eso, decide elegir su propio Dios que no requiere intermediarios. La necesidad de trabajar lo
empuja a asistir a cursos de formación para trabajadores recomendados, patrocinados por políticos de nueva generación. La alternativa era inscribirse en cursos para aspirantes a mafiosos, patrocinados por hombres de honor de la nueva generación. Para acceder bastaba con guardar silencio, tener antecedentes penales limpios y sobre todo tener
excelentes referencias. Al darse cuenta de que entre ambos rumbos había un único denominador que los unía, decidió emigrar al extranjero en busca de la normalidad, lo que muchos desesperados llaman suerte.
Ahora vive en América donde, para hacerse entender, debe hablar español. Sin embargo, confunde los verbos con los refranes, cree que la gramática es la burocracia de los sentimientos, por eso escribe de forma instintiva. Cuestiona cierta historia que, a su juicio, ha ocultado la verdad, cambiando la realidad de cada sur del mundo. Nostálgico, no ama mucho el presente, lo vive con desapego, indiferente a las emociones porque -en esta época que vivimos- las define: hijas de la
hipocresía. Prefiere refugiarse en los sueños, a los que llama: dulce nostalgia de una época feliz. Está convencido de que algún día volverá a vivir su infancia, para luego detener el tiempo eternamente “en esa
juventud”. Él lo cree, pero para que esto suceda, debe volver a su Palermo, el de hace cuarenta y tantos años, en las callejuelas de la ciudad antigua, donde espera que todo siga siendo maravillosamente precario...